La columna de Juan Rodolfo Rivera Pacheco

En México y desde luego en Puebla, el racismo y el clasismo son fenómenos que atraviesan la vida cotidiana de todos. Aunque en el discurso público suele afirmarse que la sociedad mexicana es mestiza y tolerante e incluyente, la realidad demuestra una historia —y un presente— cargados de profundas desigualdades y prejuicios. Estas formas de discriminación no sólo conviven; se entrelazan y refuerzan mutuamente, manifestándose en conductas personales, estructuras institucionales y, recientemente, en fenómenos urbanos como la gentrificación. 

Es un hecho, en nuestra sociedad el racismo persiste de formas sutiles, normalizadas y, por lo mismo y desgraciadamente, difíciles de erradicar. Las personas indígenas y afrodescendientes han sido víctimas de discriminación histórica y sistemática, tanto en el acceso a derechos como en las oportunidades laborales, educativas y de representación política.

No es raro escuchar comentarios que, bajo la apariencia de bromas, perpetúan estigmas sobre la supuesta “inferioridad” o “incapacidad” de los pueblos originarios. En pleno siglo XXI, hay quienes siguen justificando el racismo con argumentos sobre el “progreso” o la “modernización”, invisibilizando la riqueza cultural y los derechos de las comunidades indígenas. La palabra “indio” se sigue manejando como insulto (increíble).

Junto con el racismo, el clasismo -su hermano gemelo- es uno de los males más arraigados en la sociedad mexicana y poblana obviamente. El clasismo se expresa en el desprecio y la exclusión hacia quienes provienen de sectores populares, barrios marginados o zonas pobres o rurales. Se manifiesta en la vida cotidiana: desde la forma en que se habla de “nacos” o “corrientes” hasta los filtros sociales y económicos que dificultan el acceso a la educación, la vivienda digna o el empleo formal.

Muchas personas asocian el “éxito” y la “civilización” con ciertas maneras de vestir (ropa y zapatos caros y “de marca”), hablar o comportarse, mientras que otras expresiones culturales son estigmatizadas y relegadas. El ascenso social, aunque posible, suele estar condicionado por estos prejuicios, acentuando la brecha entre quienes “pueden” y quienes “no pueden”. 

Ahora bien, en los últimos años, la famosa “gentrificación” se ha convertido en un tema candente en las ciudades mexicanas. Barrios históricos y populares, antes despreciados, ahora son objeto de deseo para un sector de la población que busca experiencias “auténticas” pero no está dispuesto a convivir verdaderamente con la diversidad que esos espacios representan. La llegada de personas con mayor poder adquisitivo o “con dólares” eleva los precios, desplaza a los habitantes originales y transforma radicalmente la vida barrial.

Pero hay una gran paradoja: Se denuncia la llegada de personas extranjeras o de un nivel social más alto, pero pocas veces se cuestiona el propio consumo cultural o la manera en que se reproduce la exclusión. Vamos, hay quienes rechazan la “gentrificación” en su Colonia, pero no dudan en discriminar a personas indígenas, obreras o vendedores ambulantes. 

Ciertamente, México no es el único país donde existe racismo y clasismo, pero aquí, la contradicción entre el discurso y la práctica es especialmente notoria: Muchas personas critican abiertamente la discriminación “gringa” o europea, pero no reconocen la exclusión que ejercen en su entorno inmediato. Se considera “normal” que exista trabajo doméstico (mujeres que ayudan en las labores del hogar) mal pagado y sin prestaciones, que se niegue el acceso a servicios o espacios públicos a quienes no cumplen con ciertos estándares de apariencia o conducta, o que se perpetúen estereotipos en los medios de comunicación.

Las telenovelas, películas y anuncios publicitarios suelen mostrar una imagen de la “familia mexicana” alejada de la realidad demográfica del país: piel clara, rasgos europeos, acentos “cultos” rebuscados. En contraste, las personas indígenas o de clase popular son relegadas a papeles secundarios, muchas veces cómicos, ridiculizados o criminalizados.

Ahora bien, no todo es pesimismo. Las redes sociales han permitido que se denuncien casos de discriminación que antes quedaban ocultos, y han propiciado debates públicos sobre el privilegio y la diversidad. El desafío es construir una sociedad verdaderamente incluyente, capaz de reconocerse en su diversidad y de erradicar los prejuicios y barreras que impiden el acceso igualitario a derechos y oportunidades. 

Esto implica revisar nuestras propias ideas, hábitos y privilegios, y comprometerse con una transformación personal y colectiva. Solo así será posible dejar atrás la hipocresía y avanzar hacia la verdadera justicia social que México y Puebla necesitan. Complicado.

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