Este 8 de marzo, las calles de Puebla volvieron a teñirse de morado. Miles de mujeres salieron a marchar por las que ya no están, para exigir justicia y reclamar algo que debería ser básico: poder vivir sin miedo.
Desde temprano, la ciudad ya daba señales de la jornada. En el Zócalo de Puebla, la fuente amaneció cubierta de un intenso color violeta, símbolo de una lucha que cada año convoca a más voces y más historias.
Con el paso de las horas, los contingentes comenzaron a reunirse y avanzar. La marcha creció poco a poco hasta convertirse en una marea morada que recorrió las calles del Centro Histórico. Mujeres de todas las edades caminaron juntas: madres, abuelas, jóvenes, niñas, e incluso algunas mascotas acompañaron el recorrido.
Muchas asistían por primera vez. Se notaba en la forma en que buscaban integrarse a los grupos, caminar cerca de otras mujeres, sostener pancartas improvisadas o repetir las consignas que se iban contagiando entre la multitud.
En el trayecto también hubo gestos de solidaridad. Algunas personas salieron de sus negocios o casas para repartir aguaa quienes marchaban bajo el sol. Los cánticos y consignas se escuchaban a lo largo de las calles, rebotando entre los edificios del centro.
Entre las asistentes también estuvo la familia de Cecilia Monzón, recordando que la exigencia de justicia por su caso sigue presente y que su nombre se ha convertido en símbolo de la lucha contra la violencia hacia las mujeres.
Tal como lo había anunciado previamente, la presidenta de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Puebla, Rosa Isela Sánchez Soya, también participó en la movilización acompañada de su equipo.
A cada paso, los carteles recordaban lo mismo: nombres, historias, ausencias.
Porque el 8 de marzo no es un día para felicitar a las mujeres por ser mujeres. Es una jornada de memoria y de lucha: un recordatorio para quienes fueron silenciadas, para las que fueron privadas de su vida y para todas aquellas que hoy siguen levantando la voz para que ninguna más falte. 💜









