La columna de Humberto Aguilar Coronado

La visita del Rey Felipe VI a nuestro país, vino a desmontar la narrativa de confrontación fomentada desde el gobierno de México desde la administración pasada.

Exigir disculpas en pleno siglo XXI a los Estados e instituciones sólidas, como la corona española actual y el Vaticano por eventos ocurridos hace quinientos años, ignora que el México contemporáneo es producto de un mestizaje y no una colonia sometida en el presente.

Esta división no es un fenómeno social orgánico ni un reclamo popular genuino, es una fractura artificial diseñada, ejecutada y sostenida por Andrés Manuel López Obrador.

El reclamo no solo está mal entendido históricamente, sino que fue fríamente calculado como una estrategia de polarización. 

López Obrador asumió el papel de intérprete único de la historia patria, utilizando la tribuna pública para revivir agravios sepultados hace siglos. 

Él es el responsable directo de introducir una cuña ideológica en una relación bilateral que, hasta antes de su carta de 2019, marchaba sobre rieles institucionales y de profunda cooperación económica, social y cultural.

Al redactar y hacer pública esa misiva redactada bajo la influencia ideológica de su entorno cercano, el presidente no buscaba una reconciliación histórica, sino un catalizador político interno.

En el manual del populismo, cuando los resultados internos fallan, es indispensable señalar a un adversario externo. 

López Obrador reactivó el nacionalismo revolucionario más rancio para culpar a la corona española de traumas históricos, desviando la atención de los problemas contemporáneos de México.

El mayor error de esta fobia personal es que comprometió la política exterior del Estado mexicano, porque al calificar el reclamo como un malentendido, se evidenció que el presidente quiso confundir la conquista —un proceso histórico complejo de alianzas e integraciones— con un pleito bilateral moderno entre dos gobiernos actuales.

La pausa en las relaciones y los desaires protocolarios subsiguientes, son el costo de mantener viva una herencia discursiva que solo le servía al egocentrismo político de López Obrador.

Su empeño en reescribir el pasado, para justificar su polarización presente, lo convierte en el único responsable de debilitar la estatura diplomática de México ante el mundo, cambiando la diplomacia de estado por el resentimiento ideológico.

La diplomacia del resentimiento busca crear un enemigo externo para cohesionar una base electoral interna, que al pausar las relaciones o condicionarlas a un perdón simbólico, se instrumentaliza la historia como un distractor político.

Las relaciones diplomáticas y comerciales reales (inversión extranjera directa, intercambio académico, lazos migratorios y tratados de cooperación) se mueven en un ecosistema técnico y corporativo que los caprichos de una administración no logran fracturar del todo. 

España sigue siendo uno de los principales socios comerciales e inversores de México.

El reclamo histórico jamás fue una exigencia del pueblo de México, fue una ocurrencia de Andrés Manuel López Obrador que la actual presidenta heredó y dio continuidad, quedando atrapada en una retórica de la que es difícil salir sin contradecir la línea de su antecesor. 

La insistencia en atacar el legado español desde el interior de Palacio Nacional —un recinto arquitectónico de raíz e influencia netamente virreinal, cortesiana y cortesana— evidencia una contradicción estética y discursiva insostenible. 

No se puede gobernar desde el legado físico de la fusión, mientras se condena su existencia.

Mientras tanto, la reciente visita del Rey Felipe VI a nuestro país confrontó las agendas y los gestos diplomáticos recientes, evidenciando una notable diferencia en la madurez de estado y un contraste clave en el análisis de reputación de ambos mandatarios.

En su visita a México, el Rey mostró respeto a la investidura presidencial, por encima de los desaires previos, al hacerse presente en Palacio Nacional y sostener una reunión privada con la presidenta, mientras que ella, en su pasada visita a España, priorizó reuniones con sus facciones ideológicas afines.

Por otra parte, con su asistencia al partido de la selección española en Guadalajara, echa por tierra el argumento de la presidenta de no asistir a la inauguración del mundial ante el riesgo reputacional de un abucheo masivo en el estadio. Al Rey nadie lo abucheó.

La relación entre México y España va mucho más allá de las fobias ideológicas y las coyunturas de una agenda presidencial. 

La identidad mexicana no se explica desde la victimización, sino desde la fortaleza de la integración. 

Por eso, ante la eliminación de la esperanza de México, no sería extraño que una parte importante de mexicanos apoyaran a la selección de España.

Somos una nación soberana nacida de una fusión de razas, de un proceso de evangelización que moldeó nuestra cultura y una construcción de legado monumental, religioso, literario y legal que nos une con Occidente.

Las naciones maduras no exigen perdones por hechos del pasado, construyen puentes hacia el futuro.

México necesita un liderazgo que una lo que el pasado dividió, no un populismo que divida lo que exige estar unido.

*Es politólogo