La columna de Arturo Hernández Davy

El Estado se viste de Carnaval. Tradición emblemática de nuestro país, y Puebla es uno de los estados de la República con gran actividad en sus 217 municipios y más de 650 juntas auxiliares, cuyos barrios e inspectorías dan colorido y vida a estas auténticas tradiciones. Reflejan el lugar que, como poblanos, ocupamos en este rico y maravilloso estado.

Las cuadrillas de Huehues, con su despliegue por las calles acompañadas de música y danzas originales —heredadas desde el periodo virreinal, entre los siglos XVI y XVII—, siguen presentes en nuestras vidas. Los vestidos, máscaras, capas y el gran mural de colorido artesanal y originario de nuestros pueblos se plasman en este calendario anual.

Todos los insumos necesarios para el desarrollo de esta tradición generan numerosos empleos, directos e indirectos: talleres de costura tradicionales, comercios de telas, mercerías, talabarteros, peleteros, entre otros. Además, impacta en ocupación hotelera, restaurantera, transporte terrestre y aéreo, activando un calendario económico importante para el Producto Interno Bruto (PIB).

Desde mi escritorio, es bien sabido que esta tradición ayuda a reactivar la economía tras la cuesta de enero. El costo de trajes y vestidos oscila desde los 3 mil pesos en adelante. Sumemos esto a nuestra rica gastronomía y al fervor que se refleja en estas fiestas, y entendemos gran parte de nuestro ADN cultural.

En sus últimas giras y recorridos, el mandatario poblano Alejandro Armenta ha saludado a innumerables participantes en distintas regiones de Puebla, promoviendo nuestra cultura y facilitando que se incremente el número de vuelos en el aeropuerto, para que turistas de otras latitudes puedan disfrutar de esta experiencia.

Porque disfrutar del Carnaval en Puebla es disfrutar en grande.