Al Pie de la Letra.
La columna de Juan Rodolfo Rivera Pacheco
En política, como en la vida, los ciclos se repiten con variantes de época y nuevos protagonistas. Hoy, la historia parece querer repetirse sobre el partido en el poder: MORENA. El desgaste no es inmediato, pero los síntomas ya empiezan a asomar, cual grietas en los muros de un edificio que parecía francamente inexpugnable.
No es de extrañar que los partidos dominantes, en su camino hacia la consolidación o el desgaste, enfrenten el juicio público por presuntos actos de corrupción o vínculos peligrosamente cercanos con organismos criminales. La figura de Adán Augusto López Hernández, otrora secretario de Gobernación y pieza clave en el ajedrez morenista, ha sido señalada por sus supuestos nexos con el crimen organizado, a través de su más cercano colaborador cuando fue Gobernador de Tabasco. Aunque las pruebas no han recorrido aún la ruta legal definitiva, el simple rumor —en estos tiempos de redes sociales y juicio sumario digital— basta para erosionar la confianza, sobre todo en los segmentos urbanos informados y en las juventudes que han decidido dejar de ser espectadores.
La narrativa de la pureza y la anticorrupción, estandartes fundacionales de MORENA, empiezan a mancharse a la menor sospecha. No olvidemos que la percepción pública suele pesar más que los expedientes judiciales. Basta recordar cómo, en los años ochenta, el PRI comenzó a perder su aura de invulnerabilidad por escándalos que, aunque en apariencia menores, funcionaron como catalizadores del descontento social.
Pero aunado a los escándalos desgastantes de nexos con grupos criminales, todo indica también que el “fuego amigo” cada vez se hace más presente entre las filas del partido guinda. ¿La Presidenta Sheinbaum finalmente está deteniendo al grupo de lopezobradoristas “puros” y con ello quiere hacer prevalecer su autoridad en miras a próximos procesos electorales y definición de candidaturas? ¿Rompimiento real con AMLO?
Ahora bien, tan peligroso como el desgaste interno es el riesgo de la fractura con los aliados electorales. El PVEM y el PT, partidos que han sido clave en la estructura de triunfos recientes, ya han mostrado señales de autonomía. Los ejemplos de Durango y Veracruz son emblemáticos: allí, ambos partidos decidieron jugar solos en no pocas elecciones municipales, desmarcándose —aunque sea tímidamente— de la poderosa maquinaria morenista. La lección es clara: la lealtad política es efímera y, cuando perciben que la marca dominante comienza a flaquear, los aliados buscan su propia sobrevivencia.
No sería raro que, en 2027, PVEM y PT intenten capitalizar sus propias estructuras y atrayendo a enojados que no alcancen nominación en MORENA, presentando candidaturas separadas y fragmentando el voto de la llamada “Cuarta Transformación”. La suma, en política, no siempre es aritmética; a veces, dividir es restar demasiado.
El fenómeno no es nuevo. El PRI, que dominó el panorama nacional durante más de siete décadas, comenzó a deslizarse por la pendiente del descrédito popular en los años ochenta. Escándalos de corrupción, la incapacidad de responder a las nuevas demandas sociales y la desconexión de sus bases provocaron que, elección tras elección (sin excepción), la hegemonía priista se diluyera hasta que, en el año 2000, el dinosaurio finalmente cayó.
MORENA, aunque joven, no es inmune al desgaste del poder ni al síndrome de la soberbia institucional. Sus dirigentes harían bien en mirar el retrovisor y analizar —sin arrogancia— los signos tempranos de desafección ciudadana. Porque la caída, cuando llega, suele ser rápida y de consecuencias profundas.
En la balanza electoral, la confianza es la moneda más valiosa. Cuando la ciudadanía percibe que el “partido de la esperanza” comienza a parecerse demasiado a los de siempre, el ánimo de castigo se traduce en votos de deserción, abstencionismo o apoyo a opciones emergentes (aliados o partidos chiquitos como MC u otros). Las encuestas pueden por ahora favorecer ampliamente a MORENA, pero los escándalos y la desbandada de aliados plantan semillas de duda que, de no atenderse, germinarán probablemente en la boleta de 2027 y seguramente en la de 2030.
La historia mexicana enseña que ningún poder es eterno. MORENA tiene ante sí la disyuntiva: corregir el rumbo y blindarse ante el cáncer de la corrupción, o repetir el destino de quienes creyeron que el respaldo popular era inagotable.
En política, como en la vida, la confianza se tarda años en construir y un instante en perderse, nos lo dicen todas las encuestas que hemos hecho en el BEAP los últimos 25 años. Ojalá alguien en la cúpula lo comprenda antes de que sea demasiado tarde.
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