La columna de Juan Rodolfo Rivera Pacheco

Las imágenes de casas inundadas, calles convertidas en ríos y familias desplazadas en Puebla, Veracruz y otros Estados ya no sorprenden a nadie, pero sí indignan. Pareciera que cada año el agua se empeña en recordarnos la fragilidad de nuestras ciudades y la vulnerabilidad de quienes las habitan. Pero cuidado: antes de empuñar el dedo acusador hacia las autoridades federales o estatales, conviene analizar con frialdad qué es inevitable y qué es absolutamente evitable.

Llueve en México, sí, pero también en Texas y de manera brutal. En España, las inundaciones recientes y de hace un año han paralizado ciudades enteras; en China, el agua ha arrasado pueblos completos. Los desastres naturales no respetan fronteras, ideologías ni PIB. Son parte de la condición humana y del planeta, y sería absurdo culpar a un presidente, un gobernador o un partido político por el aumento de lluvias o el cambio climático. Incluso los países ricos y supuestamente “organizados” sufren embates de la naturaleza que no pueden evitar, ni aún con toda su tecnología y recursos.

Ahora, lo que sí es imperdonable es la ineficiencia y el desinterés de muchos gobiernos municipales en nuestro país. Aquí está el verdadero punto de inflexión. Porque mientras los meteorólogos no pueden detener la lluvia, los alcaldes sí pueden impedir el crecimiento desordenado de los municipios, la proliferación de asentamientos irregulares y las construcciones en zonas de riesgo. ¿Por qué el río se desborda y arrasa viviendas? Porque se permitió, por omisión o corrupción, que familias enteras se instalaran donde jamás debieron, porque no se construyeron muros de contención o canales para aguas pluviales a tiempo y son siempre postergados, porque no pocos Alcaldes prefieren gastar recursos en camionetas lujosas o en el auditorio para pachangas que en prevención de desastres. Los permisos de construcción se firman con un guiño y una mordida, el urbanismo es cosa que nadie entiende y el interés por las normas, inexistente. Es aquí donde el desastre deja de ser natural y se convierte en social, en administrativo, en ético.

Pero lo peor, no falta el alcalde o el gobernador que, ante la tragedia, monta el escenario: cámaras, chaleco anaranjado y un sinfín de promesas grandilocuentes. Las inundaciones son la oportunidad perfecta para lucirse, repartir “ayuda” y ganar puntos en la encuesta de popularidad. Pero… ¿qué hay detrás de esa foto aparentemente preocupado rodeado de damnificados? Muchas veces, puro teatro. El protagonismo político ante el sufrimiento es, además de indignante, un insulto a quienes perdieron todo menos la dignidad.

Y más aún, lo que sigue a la tragedia natural es la tragedia humana del lucro indebido. Nos hemos enterado una y otra vez que las despensas se almacenan —en vez de entregarse— para negociar apoyos futuros o, peor aún, para ser vendidas en mercados clandestinos. Por eso la desconfianza de muchos para donar alimentos o artículos en general… saben que muchas veces van a parar a manos de funcionarios ladrones. Y, también hay ejemplos cada año y cada desastre (inundaciones o terremotos), de que los fondos destinados a los damnificados desaparecen en cuentas oscuras, y el dolor de la gente es moneda de cambio. Ha habido ex Gobernadores y funcionarios en Puebla que se hicieron millonarios quedándose con los recursos de ayuda a damnificados. Todos sabemos quiénes han sido. No hay justificación posible: robarle al necesitado en su peor momento es el grado máximo de la descomposición ética.

Las inundaciones y eventos naturales son inevitables, pero la miseria y el sufrimiento podrían disminuirse si imperara la prevención y la ética. No pidamos milagros contra la lluvia, pidamos honestidad, planeación y responsabilidad. Exijamos que los gobiernos municipales asuman su papel y dejen de ser cómplices del desorden y la corrupción. No está en nuestras manos frenar los desastres naturales, pero sí evitar la tragedia fabricada por la ineptitud y la ambición de unos cuantos. Esa es la diferencia entre lo inevitable y lo imperdonable.

Decíamos aquí mismo en días pasados, que la preferencia electoral partidista municipal es muy versátil y el eslabón más débil de gobierno, ante autoridades ineficientes o corruptas. La gente que ha perdido todo no lo va a olvidar. Y más temprano que tarde volverá a haber elecciones. Y el veredicto de las urnas suele ser implacable. 

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