La columna de Juan Rodolfo Rivera Pacheco

En el ejercicio cotidiano de la democracia “a la mexicana”, nos encontramos —una vez más— ante el eterno retorno de las mismas caras, los mismos vicios y los mismos discursos reciclados que, como el chile en nogada, reaparecen año con año aunque cambien las manos y la sazón. MORENA, ese movimiento de regeneración que prometía limpiar la casa, se ha convertido poco a poco en el nuevo inquilino que mueve los muebles, pinta las paredes, pero deja intactas las goteras y, a veces, hasta abre un par nuevas.

La maquinaria electoral sigue aceitada por la promesa, la esperanza y el desencanto intermitente de millones que efectivamente aborrecen el pasado prianista, pero en su engranaje se cuelan, casi de manera natural, antiguos funcionarios, gobernadores y líderes que en los años dorados del PRI aprendieron el arte del camuflaje. Muchos de esos cuadros, ahora morenistas de cepa y credencial, arrastran historias que huelen a billete mal habido, acuerdos en la penumbra y, peor aún, a pactos con grupos del crimen organizado, cada día más “colado” en los ambientes gubernamentales actuales y que hoy son denunciados puntualmente por el gobierno norteamericano… nada más nuestro principal socio comercial y vecino irremediable.

Los casos recientes de Adán Augusto López Hernández, personajes de muy alto nivel del partido en el poder que han exhibido actos de ostentación y el reclamo natural de la propia Presidenta Claudia Sheinbaum a todos ellos, hacen pensar en próximos distanciamientos y quizás hasta fracturas en el grupo en el poder… como ha sucedido en todos los casos en la historia de México y quizás del mundo democrático (vaya, no hay partidos ni grupos eternos en el poder en ningún país… siempre hay alternancia o escisiones, afortunadamente).

Sí, MORENA ostenta hoy la ventaja —y no cualquiera: una ventaja que parece inamovible, robusta, casi blindada— en las preferencias electorales en prácticamente todo el país (en el BEAP seguimos midiendo sistemática y permanentemente la opinión pública pre-electoral en Puebla y varios Estados de la República). Pero el calendario democrático no perdona; la memoria social, aunque a menudo es corta (siempre lo decimos y comprobamos), no es sorda. Cada escándalo, cada gobernador, legislador o funcionario sorprendido con las manos en la masa (ya sea del erario, del crimen o del lujo desmedido), va sumando piedras al costal que tarde o temprano deberán cargar quienes hoy gobiernan con la bandera de la transformación.

No se trata sólo de nombres o apellidos. Se trata de las formas: los viajes en clase premier o costosas vacaciones, las camionetas blindadas y autos de súper lujo, los carísimos relojes importados y los brindis en hoteles de cinco estrellas contrastan con los discursos encendidos sobre la austeridad y el “pueblo bueno”. Se trata de la reincidencia: el PRI y el PAN, en su tiempo, nos regalaron historias de corrupción y cinismo; MORENA, con su reciclaje de cuadros, corre el riesgo de ofrecernos la misma función, sólo que con otro nombre en la marquesina de este teatro político electoral.

La pregunta que flota, incómoda, en el aire de los cafés, las redes sociales y las sobremesas familiares es demoledora: ¿cuánto tiempo más la sociedad mexicana seguirá favoreciendo a MORENA, si muchos de sus integrantes resultan ser iguales —o incluso peores— que los que tanto criticaron del PRI y el PAN?

La respuesta, como casi todo en este país, está en construcción. La tolerancia al desengaño tiene fecha de caducidad, aunque parezca lejos. Porque en la democracia mexicana -lo hemos visto y medido una y otra vez en los últimos 30 años- la paciencia del electorado se desgasta a fuerza de tropiezos y agravios, pero también se reinventa en ciclos de esperanza y olvido.

Quizás el gran desafío de MORENA no sea ganar la próxima elección, sino descubrir hasta cuándo podrán seguir ganando sin transformar, de verdad, aquello que prometieron cambiar. Porque si de algo está hecha la democracia “a la mexicana”, es de ese fino equilibrio entre la memoria y el olvido, entre el hartazgo y la resignación, entre la esperanza y la sospecha. Y en ese vaivén, cualquier ventaja puede esfumarse sin previo aviso. Y nosotros (el BEAP, pues), lo vamos a estar midiendo. Sí, acá seguimos.

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