En un contexto donde la inteligencia artificial avanza a una velocidad sin precedentes, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) impulsa la creación de la Agencia de Inteligencia Artificial y Ética Algorítmica (AURA), un organismo que busca responder a uno de los mayores desafíos contemporáneos: entender, regular y aprovechar una tecnología que ha rebasado la capacidad social para asimilarla.
Durante una entrevista en Los Conjurados, Marcelo García Almaguer, director de AURA, planteó que la inteligencia artificial no es una innovación reciente, sino el resultado de más de 70 años de evolución, cuyo origen se remonta a la interrogante formulada por Alan Turing sobre si las máquinas pueden pensar. Sin embargo, explicó, lo verdaderamente disruptivo no es su antigüedad, sino su velocidad de adopción, ya que, a diferencia de otras revoluciones tecnológicas que tardaron décadas en consolidarse, la IA se ha integrado a la vida cotidiana en cuestión de meses, generando un desfase crítico entre innovación y ética.
Frente a este escenario, AURA surge como una iniciativa sin precedentes en México, con personalidad jurídica propia y un enfoque integrador que articula el talento de toda la comunidad universitaria. Su objetivo es generar un diagnóstico real sobre el uso de la inteligencia artificial y diseñar estrategias que permitan enfrentar sus implicaciones desde distintos frentes. Más que un centro tecnológico, se proyecta como un espacio de reflexión, coordinación y acción ante un cambio estructural que ya impacta la educación, la economía y la vida social.
Uno de los principales riesgos señalados es el carácter invisible pero profundamente influyente de la inteligencia artificial. A diferencia de tecnologías anteriores, esta opera de forma integrada en plataformas y dispositivos que median decisiones cotidianas, desde el consumo hasta las relaciones personales. Esto implica una delegación progresiva del pensamiento a sistemas algorítmicos, lo que plantea desafíos inéditos en términos de autonomía y libre albedrío.
El análisis también advierte sobre la posibilidad de repetir errores cometidos con las redes sociales, que se adoptaron sin lineamientos claros y derivaron en problemas como ansiedad, desinformación y distorsión de la realidad. En el caso de la IA, estos efectos podrían amplificarse, especialmente entre las nuevas generaciones, que viven hiperconectadas y cada vez más alejadas de la interacción humana directa. La tecnología, señaló García Almaguer, reduce la fricción social —el desacuerdo y la crítica— y la sustituye por entornos cómodos que limitan el pensamiento crítico.
En este sentido, el especialista alertó sobre el diseño de muchos sistemas de inteligencia artificial, orientados a mantener al usuario enganchado. Al ofrecer respuestas inmediatas, sin juicio ni confrontación, estas herramientas pueden generar dependencia y sustituir vínculos humanos. Incluso, explicó, tienden a “adular” al usuario, validando ideas sin cuestionarlas, lo que puede distorsionar la percepción de la realidad y fomentar una falsa sensación de competencia.
Este fenómeno se vuelve especialmente delicado en el ámbito educativo. El uso de inteligencia artificial para generar trabajos académicos no solo plantea problemas de integridad, sino que puede provocar que los estudiantes crean que el conocimiento producido es propio. Esto reduce la “carga cognitiva”, es decir, el esfuerzo mental necesario para aprender, debilitando habilidades fundamentales como el análisis y la argumentación. En palabras del académico, la IA puede convertirse en una “prótesis cognitiva” que sustituye el pensamiento.
A ello se suma un factor poco visible: el impacto ambiental. Cada interacción con sistemas de inteligencia artificial implica un consumo significativo de energía, agua y recursos tecnológicos, lo que abre una discusión sobre sostenibilidad y desigualdad en el acceso a esta infraestructura, particularmente en países como México.
Ante este panorama, García Almaguer subrayó que el desafío de la inteligencia artificial no es solo técnico, sino adaptativo. Implica transformar hábitos, cultura y formas de pensar, así como construir marcos éticos que permitan su uso responsable. En este proceso, AURA jugará un papel clave mediante la capacitación docente, la investigación interdisciplinaria y la creación de un consejo académico que garantice una gobernanza plural.
“La inteligencia artificial no debe ser rechazada, pero tampoco idealizada”, concluyó. Se trata, dijo, de encontrar un equilibrio entre innovación y responsabilidad, entendiendo que esta tecnología, como una rosa, puede ser valiosa, pero también tiene espinas que deben conocerse para evitar sus riesgos.








