La columna de Juan Rodolfo Rivera Pacheco

México atraviesa un momento en que la realidad se impone sobre los discursos oficiales y las esperanzas de cambio. Estamos presenciando las contradicciones y desafíos que enfrenta el país: Estados donde la delincuencia organizada dicta las reglas, alcaldes asesinados sin que la justicia se asome, inundaciones que ahora ya pocos recuerdan pero que ahogaron comunidades y economías, y con ello, la evidente sombra del desencanto político que ya amenaza con transformar la conducta del voto favorable a MORENA y la 4T.

No se necesita ser experto en seguridad para notar la normalización de lo anormal: en varias regiones de Guerrero, Michoacán, Zacatecas, Tamaulipas y varios Estados más, el crimen organizado funciona como autoridad de facto. Policías municipales y estatales aterrados, Presidentes Municipales ejecutados en plena calle, como mensaje directo a quien ose desafiar el orden criminal impuesto. La impunidad se convierte en rutina; la noticia de un Alcalde asesinado movió la agenda nacional, para que unos días después todo vuelva a la “normalidad”. El poder de la delincuencia, lejos de estar bajando, ensancha sus límites, y los ciudadanos tienen que aprender a vivir bajo la ley del miedo, con la democracia reducida a trámite burocrático. Es real: En no pocos Municipios del país, las bandas criminales ponen y quitan Alcaldes.

Y como si la violencia cotidiana fuera poco, la naturaleza decidió sumarse al caos. Las recientes inundaciones en Veracruz, Puebla, Hidalgo y demás han dejado miles de damnificados, cultivos perdidos y una sensación de orfandad institucional. Las imágenes de comunidades enteras bajo el agua, esperando un apoyo que nunca llega o, si llega, es insuficiente, revelan la fragilidad del Estado ante los embates del clima. Lo hemos dicho ya aquí mismo, la crisis climática no distingue partidos, pero la respuesta sí: la gente siente que ni el gobierno federal ni los locales estaban preparados para enfrentar la emergencia y… la desesperanza y rabia contenida se filtra poco a poco en el ánimo colectivo. 

En este contexto es ya muy claro, la presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta su primera gran prueba de popularidad. Los desastres naturales y el repunte de la violencia contrastan con el discurso de transformación y esperanza que llevó a MORENA a la cima. El desgaste es inevitable. La narrativa oficial, que intenta responsabilizar al pasado y exaltar los logros, empieza a chocar con la experiencia cotidiana de millones de mexicanos. Las encuestas muestran ya descensos en la aprobación presidencial, pero lo más relevante es el surgimiento de un voto silencioso de desencanto, especialmente en estados golpeados por la violencia y el abandono.

Así pues, Michoacán (y las zonas devastadas por las inundaciones en Veracruz, Puebla e Hidalgo) aparece como laboratorio del voto de castigo. La combinación de control criminal, asesinatos impunes y desastres naturales ha generado hartazgo incluso entre quienes confiaron en MORENA en elecciones recientes. La elección de Gobernador en 2027 se perfila como el terreno donde la ciudadanía podría castigar seriamente a MORENA y/o aliados, a través de las urnas. Si el gobierno no logra revertir la inseguridad y el abandono, la posibilidad de que la oposición capitalice ese enojo se vuelve real. El voto de castigo ya no es sólo amenaza retórica; es una opción tangible ante la decepción acumulada.

La oposición, formada por el PAN, PRI, Movimiento Ciudadano y ahora hasta movimientos independientes o personajes como Ricardo Salinas Pliego, observa la coyuntura con codicia y oportunismo. Y aunque la credibilidad de la oposición sigue siendo su talón de Aquiles, el desgaste de MORENA y el desencanto social abren una ventana: si logran articular una estrategia coherente, cercana a la gente y alejada del pasado corrupto, podrían convertir la crisis en oportunidad. Michoacán y otros estados violentados podrían ser la clave para recomponer sus fuerzas, aunque no será sencillo borrar el estigma de los errores pasados.

La conducta de voto en México pues, está mutando, va a ser evidente cuando sigamos midiendo preferencias partidistas y a pre-candidatos. El miedo, el enojo y la frustración empujan al ciudadano a reinventar su manera de participar. En las urnas, lo hemos analizado mucho los encuestadores serios, el voto ya no es sólo lealtad partidista, sino herramienta de castigo o esperanza. Las próximas elecciones estatales—especialmente en regiones como Michoacán—serán termómetro de hasta dónde llega el hartazgo y qué tan fuerte es el deseo de cambio. Acuérdense.

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