El anuncio de Irán sobre el cierre del estrecho de Ormuz, realizado el pasado 2 de febrero en medio de crecientes tensiones con Estados Unidos e Israel, encendió alertas en los mercados energéticos y en las principales economías importadoras de crudo.
El estrecho de Ormuz es una de las rutas marítimas más estratégicas del planeta: conecta el golfo Pérsico con el océano Índico y por sus aguas transita una parte sustancial del petróleo que abastece al mundo. Irán, ubicado al norte del paso marítimo, advirtió que atacará embarcaciones que intenten cruzarlo, lo que eleva el riesgo de una escalada militar y de interrupciones prolongadas en el suministro energético.
La medida impacta de manera directa a países asiáticos altamente dependientes del crudo de Medio Oriente, como China, India, Japón y Corea del Sur, que reciben buena parte de sus importaciones energéticas a través de esta vía.
Aunque el canal de Suez es otro punto neurálgico para el comercio global, expertos subrayan que no puede sustituir al estrecho de Ormuz. El canal egipcio conecta el mar Mediterráneo con el mar Rojo y facilita el tránsito entre Europa y Asia, pero no reemplaza la salida natural del petróleo del golfo Pérsico hacia el océano Índico.
Las dos rutas cumplen funciones geográficas distintas dentro del entramado marítimo mundial. Mientras Ormuz es la puerta de exportación energética del Golfo, Suez es un atajo comercial entre continentes. Un cierre prolongado del primero podría obligar a redirigir cargamentos, elevar costos logísticos y presionar al alza los precios internacionales del petróleo.
El escenario refuerza la vulnerabilidad de las cadenas de suministro ante conflictos geopolíticos y coloca nuevamente a Medio Oriente en el centro de la estabilidad energética global.









