La columna de Juan Rodolfo Rivera Pacheco

El reloj político mexicano nunca se detiene y, a punto de cumplirse un año exacto del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, es necesario hacer un alto y mirar, con honestidad, los claroscuros de una administración que, a pesar de la euforia inicial, ya dibuja los contornos de los retos que se avecinan. En este escenario, la alta aprobación de Sheinbaum y la fortaleza de MORENA son el pan de cada día en las encuestas, pero eso no significa que no haya presiones ni riesgos estructurales.

Basta una mirada rápida al sentir real de la sociedad a través de encuestas serias (cara a cara, en puntos domiciliarios y con muestreos efectivamente representativos): Claudia Sheinbaum cuenta con una aceptación social que, para bien o para mal, recuerda los días de gloria de su antecesor, Andrés Manuel López Obrador. De acuerdo con datos de las encuestadoras verdaderas, la presidenta se mantiene con 70´s % de aprobación, cifra robusta incluso para los estándares del México contemporáneo (7 de cada 10 mexicanos la aprueban).

Este respaldo se traduce, inevitablemente, en números sólidos para su partido MORENA, que sigue liderando la preferencia electoral en todo el país y mantiene una distancia considerable frente a la dispersa oposición. La narrativa oficial ha conseguido permear en amplias capas de la sociedad: la lucha contra la corrupción, la “austeridad republicana” y la continuidad del llamado “humanismo mexicano” son banderas que siguen ondeando con fuerza. Decenas (o centenas) de miles fueron voluntariamente al Grito del 15 de septiembre y… realmente vitorearon a la primer mujer Presidente de la República. Aún sus más rabiosos críticos y opositores lo tienen que reconocer.

Y es que Sheinbaum ha entendido que, en política, los símbolos pesan tanto como las acciones concretas. La ofensiva contra el llamado ‘huachicol fiscal’ —la triangulación y evasión de impuestos bajo el amparo de redes criminales— ha sido uno de los golpes más mediáticos y efectivos de su año inaugural. Pero lo verdaderamente disruptivo llegó con el encarcelamiento de Hernán Bermúdez, líder de La Barredora en Tabasco, operación que no solo mostró músculo judicial, sino que arrojó una señal inequívoca: no hay intocables, ni siquiera en territorios que, hasta hace poco, eran considerados “santuarios” del obradorismo.

Este paso ha sido interpretado como una ruptura progresiva y calculada con ciertos grupos o figuras ligadas al sexenio anterior. Sheinbaum, al tiempo que afirma la continuidad, marca también su propio estilo y traza líneas claras respecto a prácticas y personajes del pasado reciente.

La detención de un personaje como Bermúdez no es un hecho menor. Más allá del mensaje a la opinión pública, es un aviso —sutil pero contundente— dirigido a la clase política: la presidenta está dispuesta a cortar amarras con el obradorismo cuando la coyuntura lo exija. Este deslinde, aunque aún incipiente, tiene el potencial de redefinir alianzas y percepciones internas, y de consolidar a Sheinbaum como una figura con agenda propia y capacidad de maniobra, sin el lastre de lealtades incondicionales.

Ahora bien, aunque desordenados y sin liderazgos contundentes, el PAN, el PRI y Movimiento Ciudadano no han desperdiciado la oportunidad para capitalizar cualquier fisura en el bloque oficialista. Saben que los temas de corrupción —por más avances que presuma el gobierno— son, y seguirán siendo, munición valiosa en el debate público y que siempre desgasta paulatinamente ante el imaginario colectivo.

Los operadores políticos opositores ya trabajan en la posibilidad de un frente común en 2027 o 2030, un bloque que, si logra cuajar, podría poner en riesgo la mayoría calificada de MORENA en el Congreso. Basta recordar la experiencia de 2021, cuando la llamada “ola guinda” sufrió su primer revés y la oposición logró arrebatar posiciones clave en la Cámara de Diputados, marcando el inicio de una tendencia de desgaste que podría intensificarse si el oficialismo no logra contener la narrativa crítica.

El desafío para Claudia Sheinbaum no será menor: deberá mantener los logros, profundizar el combate a la corrupción y, al mismo tiempo, evitar que la narrativa de deslinde con el lopezobradorismo derive en fracturas internas que puedan ser aprovechadas por sus adversarios. Como todos saben, el peor enemigo de MORENA… está en MORENA.

La oposición, acuérdense de mí, lejos de estar derrotada para siempre -historia recurrente de México desde su transición democrática-, prepara el terreno para una competencia feroz en los próximos años. El riesgo de perder la mayoría en el Congreso es latente y podría marcar el inicio de un declive similar al de 2021. Como diría el propio López Obrador en sus días de campaña: “No se puede cantar victoria antes de tiempo”. Sheinbaum y MORENA tendrán que remar contra corriente para consolidar lo avanzado y evitar que la historia se repita, esta vez, en su contra. La pregunta es si lo logrará. Lo mediremos, eso sí.

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