Por: Humberto Aguilar Coronado*
El Instituto Nacional Electoral, órgano que durante décadas fue baluarte de la transición democrática y garante de la certeza procesal electoral, está inmerso en uno de los escándalos de corrupción y reputación pública más graves de su historia.
La divulgación en diversos medios de comunicación y redes sociales de audios y videos puso al descubierto la participación de la consejera presidenta, Guadalupe Taddei Zavala, y su cercana relación con el empresario J. Alfredo Hernández Casillas, señalado como su pareja sentimental.
La evidencia exhibida de forma clara, en audios y videos, apunta al presunto otorgamiento e intermediación de contratos millonarios para favorecer al empresario y por ende, a su círculo cercano.
La exhibida pública provocó una indignación social inmediata y el rechazo de amplios sectores de la opinión pública, analistas y comunicadores, quienes exigieron su renuncia al cargo.
Ante un escándalo de esta magnitud, la respuesta del Poder Ejecutivo no solo ha sido errática, sino profundamente sintomática de su estilo de gobernar. En el imaginario colectivo se han confrontado dos versiones diametralmente opuestas: la narrativa de la evidencia innegable de los hechos, frente a la narrativa construida desde el poder gubernamental.
En un primer momento, la presidenta de la República reaccionó con la tibia fórmula de que "si había algo, que se investigara". Posteriormente, escaló el discurso afirmando que Taddei había "traicionado a México y a los mexicanos" al fallar a la confianza depositada en ella. Pero el giro argumental definitivo llegó cuando la mandataria decidió trasladar la culpa al pasado, responsabilizando directamente a los expresidentes del IFE e INE, Luis Carlos Ugalde y Lorenzo Córdova, bajo la premisa falsa de que fueron ellos quienes la designaron y promovieron en el órgano electoral de Sonora hace 14 años.
El cambio constante en la narrativa presidencial expone un gran cinismo, porque resulta absurdo pretender borrar el hecho público de que fue la mayoría de morena en la cámara de diputados la que impulsó y consumó la llegada de Guadalupe Taddei mediante la insaculación en 2023, de una quinteta propuesta por un comité técnico con mayoría de integrantes afines a morena.
Pretender imputar su designación a Lorenzo Córdova no resiste el menor análisis histórico.
Sin embargo, cometeríamos un error si consideramos la narrativa presidencial bajo los parámetros de la verdad procesal o de tratar de convencer al ciudadano informado.
Hay que entenderlo con claridad: la presidenta no le está hablando a la ciudadanía que vio y escuchó los videos, no le habla a quienes demandan rendición de cuentas, ni a quienes exigen un freno a la corrupción.
La presidenta le habla, única y exclusivamente a los suyos, a los simpatizantes y a la militancia de morena que su mercado electoral.
El objetivo central de este discurso no es convencer al crítico ni aclarar los hechos, sino contener el daño interno y blindar el voto duro, para evitar el costo político y electoral al asumir que la presidenta del INE que impuso su movimiento está envuelta en graves señalamientos de corrupción.
La consigna es fabricar culpables. Culpar a los comentócratas, culpar al pasado neoliberal y conservador, culpar a Ugalde y Córdova, para reiterar su dogma de que todo lo que hace morena nada tiene que ver con mentir, robar o traicionar.
Al final, cotejar narrativas deja al descubierto dos realidades muy claras: por un lado, la responsabilidad política y moral del oficialismo en la crisis del INE de Taddei y la responsabilidad de morena, y por el otro, la narrativa oficial que intenta liberar a morena de toda responsabilidad, al culpar al pasado.
Gobernar exige responsabilidad y honestidad intelectual. Cuando la respuesta ante la evidencia es la desinformación orientada al consumo de los seguidores de su movimiento, la democracia se degrada y la confianza institucional se deteriora.
Hablarles solo a los suyos podrá servirle para cuidar los votos cautivos de morena, pero deja desprotegidas a las instituciones y se mantiene la mentira a los ciudadanos.
*Es politólogo.











0 Comentarios