Por: Humberto Aguilar Coronado*
Escuché recientemente al historiador Enrique Krauze una expresión que resonó con fuerza en mi convicción democrática: la concordia entre los mexicanos ha sido atacada de forma reiterada y se ha intentado su destrucción desde la narrativa oficial de los mal llamados gobiernos de la Cuarta Transformación.
Sin embargo, coincido plenamente con él en que la concordia es, ha sido y seguirá siendo el alma del pueblo de México.
Ninguna ideología ni proyecto político temporal tiene el derecho ni la facultad de romper los lazos históricos de amistad, solidaridad y fraternidad que nos unen a los mexicanos.
Los mexicanos no nos odiamos entre nosotros, al contrario. A lo largo de nuestra historia, en los momentos de mayor tragedia o en las horas de alegría y esperanza, hemos demostrado una y otra vez que nos queremos, nos apoyamos y nos levantamos juntos.
Creemos en nuestra gente y somos completamente solidarios con el dolor y el anhelo del vecino, del paisano y hasta del desconocido.
Por eso resulta inadmisible permitir que un discurso de polarización, impulsado de manera sistemática desde el poder y en especial, desde los micrófonos gubernamentales, se traduzca en una mala convivencia cotidiana y en una división artificial de nuestra sociedad.
No podemos permitir que el rencor social siga siendo alimentado por los excesos y las provocaciones en la actuación pública. No podemos aceptar con resignación que un simple percance de tránsito escale hasta convertirse en tragedia o que un exabrupto o descalificación en el debate público, desencadene episodios de violencia.
Las y los mexicanos tenemos el derecho inalienable a vivir en paz, pero en una paz sustentada en la concordia real.
Tenemos derecho a pensar diferente, a sostener posturas encontradas y a debatir con vehemencia, siempre dentro del marco del respeto a los demás.
Tenemos derecho a manifestar nuestras opiniones con entera libertad, sin que ello signifique recurrir a la ofensa, la descalificación personal o la estigmatización del que disiente.
Pero a lo que definitivamente no tenemos derecho —y mucho menos lo tienen quienes hoy ostentan la responsabilidad de gobernar— es a seguir echándole la culpa al pasado de lo que está sucediendo en el presente.
Asumir el gobierno implica la responsabilidad ineludible de resolver los problemas actuales, no de buscar chivos expiatorios para justificar las incapacidades del presente.
La concordia no es debilidad ni sometimiento, es la fuerza sobre la cual se construye una nación democrática, plural y justa. Es exigible combatir la discordia, no fomentarla.
Rescatar el alma de México exige frenar el encono y recordar que, por encima de cualquier diferencia política, compartimos un mismo destino.
*Es politólogo.









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