La columna de Rocío Garcia Olmedo

96 años después de haberse llevado a cabo la primera Copa Mundial de futbol según narran las crónicas, por tercera ocasión nuevamente México es sede, En 1970 por primera ocasión, en 1986 la segunda y hace unos días la tercera, con la salvedad de que por primera vez se juega en tres sedes al mismo tiempo: Estados Unidos, Canadá y México, esto me parece muy raro.

No sé de futbol, sin embargo, me parece interesante retomarlo como una herramienta de análisis del comportamiento humano, social y como hemos visto político y económico.

Por supuesto el futbol es considerado un deporte, es un juego reglamentado, con conductas definidas que son las permitidas en el terreno de juego y también se hacen acreedores a sanciones quienes violan alguna de sus reglas (Allende Faustro, 20025).

Hace muchos años tuve un primer acercamiento a una investigación del Dr. Fernando Huerta acerca de la violencia que se ejerce en el futbol. Desde entonces más investigaciones han abordado esto y en todas se refleja. 

En principio los que saben señalan, que en un partido de futbol se involucran emociones, agresividad y violencia, traducidas en: defensa, ataque, lucha y huida para cumplir con la planeación estratégica del entrenador.

Diversos estudios han demostrado que las emociones que se viven durante un juego justifican las reacciones de violencias que se ejercen dentro y fuera de la cancha en contra de las personas que tienen cerca. 

Sin embargo, también el futbol va de la mano con el incremento de la violencia física y sexual hacia las mujeres.

Se pierda, se gane, se empate, esas emociones se trasladan y justifican también el trato hacia las mujeres. 

Se ha documentado que en Latinoamérica los casos de agresiones y violencia sexual contra mujeres aumentan cuando hay un partido de futbol. En el mundial de Brasil, las llamadas por violencias aumentaron 45%. En Inglaterra un estudio encontró que suben 26% cuando el equipo de la persona agresora gane o empata, pero si pierde sube a 38%. 

El consumo en exceso de alcohol, la frustración ante resultados, la tensión emocional, sumado a la reproducción de patrones machistas porque históricamente el futbol se construyó como un espacio para hombres, son algunas de las razones. 

En días de partidos los casos de violencias vinculados al consumo de alcohol aumentan hasta 47%. La Red Nacional de Refugios ha documentado que durante la celebración de partidos de futbol la violencia familiar aumenta 30%. Esta violencia la sufren también mujeres vinculadas al futbol ya sean jugadoras, árbitras, periodistas deportivas o aficionadas, con comentarios ofensivos, acoso, discriminación laboral, exclusión.

Para muchas mujeres un día de partido no significa diversión, sino miedo, aislamiento y riesgo a ser agredidas.

Nuestra nación es futbolera, miles de personas en nuestro país siguen cada partido, entre los cuales otros miles son jóvenes que deben reflexionar sobre estas conductas para no reproducirlas. 

Los hallazgos obtenidos obligan a diseñar políticas públicas de protección y denuncia y aunque la Secretaría de las Mujeres del Gobierno de México permanece acéfala desde hace dos meses, ONUMujeres, el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) así como la Red Nacional de Refugios han diseñado y presentado las campañas: “En equipo contra la violencia” y “La Violencia contra las mujeres no es parte del juego” para visibilizar que ninguna celebración deportiva debe traducirse en violencia.

Seguramente muchas, muchos coincidimos:  La violencia contra las mujeres nunca debe ser parte del juego. 

rgolmedo51@gmail.com 

@rgolmedo 

Palabra de Mujer Atlixco

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